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Silverio Jaime Flores Gómez

De canillita a microempresario

Doce hijos son muchos hijos. Con once hermanos en casa, Silverio Flores supo desde muy niño que había que buscársela. Entonces salía a la calle a lustrar zapatos. Allí se topó con otra dificultad: los tiempos de lluvia. “Cuando llovía no ganaba casi nada. Yo veía que mis compañeros sacaban algo vendiendo periódicos, por lo que yo también me metí a vender periódicos”. En verano lustrabotas, en invierno canillita.

Hijo de un padre estricto, se levantaba a las cuatro de la mañana: había que trabajar y estudiar, y rendirle cuentas al papá. “Cuánto has ganado”, nos decía, “y nosotros más de miedo. La educación antigua bien brava ha sido para nosotros”, cuenta.

Así, andando las calles, veía a los pescadores que, dice, “eran bien mentados, porque ganaban mucha plata”. Fue entonces cuando se dijo a sí mismo: “cuando sea grande también voy a ser pescador”. Empujado por esta ambición, convenció al patrón de que lo dejara aprender más.

Ni los dos siniestros que vivió lo detuvieron. Uno de ellos ocurrió en una fiesta de San Pedrito, cuando se amanecieron descargando. “Estábamos amarrados a la lancha que salió adelante. Cuando se soltaron, quedamos varados en Besique, una playa chimbotana”, recuerda.

Cuando se dio el Decreto Legislativo N° 1084, Silverio ya era patrón: tenía lo que había ganado y lo había sabido aprovechar. Y como la lancha estaba destinada al parqueo, se dijo: “bueno, de ahí saldrá algo para la familia”. Claro, lo apenaba tener que dejar el mar.

Para entonces, además —hombre de acción—, ya se había matriculado en un instituto para aprender computación. “No podía quedarme en mi casa todo el día”, cuenta. Ahora se le presentaba la oportunidad de conocer algo más, y escogió Gestión Empresarial.

Tuvo la suerte, dice, de que le tocó un profesor muy proactivo, quien les dijo desde el primer día que no había de qué preocuparse. No es fácil volver a las alas pasadas unas décadas. “El profesor nos puso al día de todos los requisitos y de lo que teníamos que aprender”.

Ahora en tierra, había que prepararse bien para manejar mejor el negocio. “Gracias a FONCOPES aprendí mucho y conocí a amigos de varios sitios. En la actualidad puedo aplicar todo lo aprendido a mi negocio, por lo que estoy muy agradecido a los profesores y al director de la ECAP donde me capacité”, remata.

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