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Henry Braulio Blas Benites

Quien lo hereda no lo hurta

Henry Braulio aprendió los primeros secretos de la cocina de su madre, quien vendía comida en las esquinas, en los mercados. De niño le gustaban mucho los animales —criaba aves, cerdos, patos—, decía que iba a ser veterinario, pero llegada la adolescencia se dio cuenta de que lo suyo era la gastronomía: “Me encantaba leer recetarios”, dice.

A los diecisiete años de edad dejó Chimbote y se vino a Lima. Su anhelo era trabajar para poder ayudar a sus padres, pero también quería estudiar. Sin embargo, aquí no le fue bien en los estudios y, además, se enfermó, lo que lo obligó a regresar a su tierra natal. Aunque papá y mamá pensaban que debía volver a la capital en cuanto se curara, un vecino le preguntó si quería salir a pescar. “Va a haber un curso —le dijo— en la Capitanía. Tú vas mañana a las 7 de la mañana, y para que te den tu libreta, tu carné y tu certificado tienes que capacitarte unos quince días”. Con el apoyo de sus padres, aprobó, le dieron el certificado y se hizo a la mar.

Lo que más le gustó de esa experiencia fue estar diariamente en contacto con la naturaleza, los peces, el mar, las comidas. Otro atractivo era, claro, el pago, aunque cuenta que al principio no se fijaba mucho en eso. “No pensaba en el dinero, sino quería un oficio para poder desempeñarme en algo. Me decía a mí mismo: ‘si algo les pasa a mis padres, ¿qué va a ser de mí?’. Ellos me dieron estudios que no logré concluir porque me enfermé, y me dije: ‘no, en esto voy a trabajar y tratar de salir adelante, para aprender un oficio’. Y me dediqué a la pesca, aunque no me gustaba; lo hice por necesidad”.

Fue allí cuando comenzó a cocinar para la tripulación. “Llegábamos a las dos de la mañana, me iba a comprar los víveres y retornaba casi de amanecida. Dormía una o dos horas y luego tenía que levantarme a preparar alimentos”. Y aunque al principio los platos no le salían tan bien como esperaba, poco a poco “le fue tomando la mano al oficio”.

Cuando se dictó el Decreto Legislativo N° 1084, él ya estaba pensando en renunciar a la pesca. “Justo cuando salió esa ley, formé mi familia”, cuenta. “El día que me case, quiero estar al lado de mi familia”. Además, tenía problemas con las articulaciones de las manos. Así que cuando se presentó la oportunidad, se retiró. “Como había armado un taller de carpintería, cuando se creó FONCOPES quería algo relacionado con este oficio, pero en mi lugar no daban ese curso, sino solo Gastronomía”. Y fue así como todo se acomodó.

Invitado por FONCOPES, vino a las charlas que se dictaban en Lima, donde le dieron todos los detalles “amablemente, y me explicaron cómo iba a ser la capacitación”.

Henry Braulio dice que se adaptó rápido, porque siempre tuvo ganas de seguir estudiando: anhelaba terminar al menos un curso técnico. “Así que le metí bastante empeño y, gracias a Dios y a mi familia, he podido seguir adelante”, comenta.

Eligió la ECAP Atlanta, donde los maestros chefs no solo les enseñaron a cocinar, sino también los incentivaron a seguir estudiando, leyendo. “Aprendí bastante, y sigo haciéndolo”, dice. La más feliz es su familia, porque trabaja con ella.

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